Thursday, September 22, 2011

De Perder: Crónica Fumikense del 70.3 Ironman Cancún 2011 (18 Septiembre 2011)

En abril, Joseph me preguntó, "¿Cuando vas a empezar a entrenar?"

"Eventualmente," le había dicho. Se refería al 70.3 Ironman Cancún en Septiembre.

Mi rodilla todavía se sentía rara y no podía correr 30 minutos sin sentir este dolor en mi rótula izquierda.

Me fui al gimnasio. Trabajaba mis cuádriceps. Empecé a correr.

Pero me sentía pesada.

Un día, empecé a contar calorías. No me había dado cuenta que haciendo ejercicio te daba una margen mas grande de calorías para quemar, sobre tu limite diario. Supe que ya había llegado a mi límite del día cuando me fui a nadar. Este día, me tocó hacer una sesión de dos horas, mas aparte un calentamiento de 30 minutos que no contaba (porque había salido de la alberca para platicar con alguien y para entrenar bien, tendrás que hacer todo seguido) e hice otro calentamiento de 1,000 metros para reponer el que no contaba.

Aquella noche, no cené. La siguiente mañana, estaba tan agotada, ni podía pensar.

Necesito ayuda. Ayuda profesional.

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La nutrióloga, Lorena, sacó la cinta medidora y las pinzas e empezó a medir mis cuádriceps, mis pantorrillas, mis brazos, jalando mi piel y tomó medidas. Metió todo a la computadora.

Me diagnosticó con tipo 1 obesidad. Una mujer saludable tiene entre 18.5% a 24% de grasa corporal.

Yo tenía 33%.

Tenía un sobrepeso de 15 kilos.

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Aun después de correr y hasta muy noche, seguía pensando de esto.

No pude dejar de pensar sobre esto.

¿Como me pude haber dejado tanto? ¿Como es que dejé de quererme?

Me sentí fea. Sentía como no pude ser atractiva. Odiaba este cascaron en el cual me tocó vivir.

Me pregunté ¿como va a querer un hombre tocarme de nuevo?

Me sentía gorda.

En mi mente, vi aquella puerta. Aquella puerta que dejaría entrar todo el odio que quisiera tener. Lo dejaría consumirme y puedo sentirme segura, tapada con el dolor de la humillación. Estiré la mano hacia la perrilla y la agarré.

Fue entonces que una versión más fuerte y lucida de mi me apareció. Fumi-Lucida me agarró por los hombros, me sacudió y soltó una cachetada.

Me pegó. Duro.

Eres mejor que esto.

Dale chance a la dieta. Nada más dos semanas.

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La primera semana fue pura tortura.

Comí exactamente lo que me dijo Lorena que debía de comer y cuando. Miraría la comida sobre mi escritorio y tendría que voltear la mirada rápidamente, pacientemente aguantando el crujir de mis tripas.

Me agarraría en frente de mi escritorio, sin ningún interés en mi trabajo, mandando mentalmente muy lejos el hambre, llenándome con te para aguantar.

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Dos semanas después, estaba sobre la báscula con Lorena de nuevo.

"Ups..." dijo nerviosamente. "Creo que me pasé."

En dos semanas, bajé cuatro kilos.

Inmediatamente, empezó a hacer ajustes a la dieta.

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Dos meses después, tres días antes del 70.3, mi dieta cambió a lo que Lorena llamó "la dieta de ensueño de todos mis pacientes que quieren bajar de peso". Estaba comiendo papa, pan blanco y harta pasta. Necesitaba llenar mis reservas de energía para que pueda ir la distancia sin el bajón.

Me sentía bastante pesada después de comer. No puedo creer que así comía antes.

Cuando empecé con Lorena, pesaba 77 kilos. Tres días antes de mi dieta todo-carbo, había bajado a 66.

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La mañana de la competencia, Clau, Fer y yo llegamos a encontrar un muy buen lugar de estacionamiento a las 4:30 de la mañana.

A las 5:30, abrieron transición y me instalé. En minutos, la zona estaba repleta de gente.

"¡Tienes diez minutos para llegar al arranque de la natación antes de que cerremos transición!" anunció la mujer por el altavoz.

Alguien se le había prestado mi bomba a otra atleta y Claudia se fue para recuperarla. Yo estaba ya en camino al coche para dejar mi mochila y cuando volteé para ver donde estaban los demás, estaba caminando sola.

¡Vámonos ya! ¡TENEMOS que salir de aquí ahora!

Me topé con Dami, quién andaba estirando tranquilamente.

"¿Tendrás Vaselina que me puedes prestar?"

Tenemos ocho minutos antes de que nos cierra transición y ¿me lo pides ahora?

Nos fuimos con prisa al coche, de regreso a transición y a la playa.

En la playa, me hidraté y nadé un poco. El sol salió entre nubes y me quedé esperando mi oleada. Y mientras salieron, me empecé a poner más y más nerviosa. Esto no era la primera vez que estaba haciendo esto pero con la bajada de peso y el entrenamiento, me sentí como si fuera otra persona.

Estuve con Ana y una sensación abrumadora de emoción me llenó.

Estaba aquí de nuevo, haciendo lo que muchos creen que no pueden hacer. Y sabía que soy una suertuda.

Mis ojos se me empezaron a llenar de lágrimas y mientras recargué mi cabeza sobre el hombro de Ana, otro atleta me dio una palmadita en el hombro y me dio una mirada como si me quisiera decir "lo puedes hacer."

Por favor, que salga mi oleada. Estoy a punto de quebrar.

"Gorras rosas, ¡favor de pasar!" Abracé a Ana y me fui rápidamente con mi grupo.

Observé a la oleada previa nadar pasando la primera boya.

Salida.

Salté y brinqué. Me metí al agua e empecé.

Alguien me rebasó y cuando levantó su brazo del agua, me dio un codazo, quitándome los goggles. Se me metió agua y no pude ver. Me los acomodé y me seguí.

Pasé una boya. Luego otra.

Ya cuando llegué a la quinta boya, me pregunté que ¿donde carajos está la vuelta?

Ya en la vuelta, alguien más me dio otro codazo en el ojo, pegando los goggles a mi cara.

¿Desde cuando es un deporte de contacto la natación?

Ya en el recto final de la natación, por la primera vez durante una nadada, mi vejiga se abrió.

Mentalmente, me disculpé con la persona que estaba atrás de mí.

Cuando me acerqué al tapete de la T1, corrí del agua, me quité la gorra y goggles y sonríe para la camera.

Llegué con mi bici, abroché mi cinturón con mi número, puse mis lentes, abroché mi casco y salí de Transición. Subí a mi bici y me fui volando del parque.

Por alguna razón, sin embargo, mi estomago no se acomodaba y por el resto de la trayectoria, estaba eructando. Agua salía por mi nariz (efecto secundario de la natación) y yo era un desastre escurrido y gaseoso por el resto de la rodada.

Sobre la carretera a Mérida, estaba haciendo carreritas con una chica, como si fuéramos gato y ratón. La rebasaría yo y luego me rebasaría a mí.

En los últimos 20 kilómetros, me dejó muy atrás.

Y aun cuando regresaba de mi última vuelta, me asombraba que hubo un buen de gente todavía atrás de mi.

Entré a la T2 y sentía como el asfalto me quemaba las plantas de los pies. Julio Cesar me estaba sacando fotos con mi nariz todavía escurriendo y con muecas de dolor, mientras corría hacía mi transición.

Definitivamente no era mi momento más chic.

Alguien había quitado mi pareo naranja del rack, justo donde estaba mi lugar, y me tardé un minuto para encontrarlo.

Aventé mis cosas de la bici, me puse mi gorra y salí de transición.

En la carrera, sentía más fácil la transición, ya después de entrenarlo tanto. Pero empecé a eructar de nuevo. Y las plantas de mis pies se sentían quemados.

Hielo y agua fría. Me metí hielo en mi traje y regué mi cara con agua fría, acordándome que aun no he hecho un monumento a estas dos creaciones asombrosas de la naturaleza. Hay muy pocas cosas mejores que la sensación de agua fría sobre la cara y hielo en tus países bajos en un día muy caluroso.

Ruben Grande en su propia salida al mar
Vi a Ruben Grande, un querido y respetado triatleta de nuestra comunidad. Su pierna prostética le molestaba. Fruncía las cejas mientras se movió a un lado de la calle.

"¡Vamos Ruben!" le grité. "¡Te quiero mucho!"

En los últimos cinco kilómetros, un hombre pasado de peso estaba corriendo hacia la vuelta que acaba de dejar.

Y me acordé: eso fui yo el año pasado.

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Más adelante, caminaba un chavo en un jersey amarrillo con el logotipo de DHL en la espalda.

"¡Vamos DHL! ¡Vámonos!" le grité.

Empezaba a correr pero después de 20 metros, seguía caminando.

"¿Cuanto falta para la meta?" me preguntó.

"Creo que son unos tres kilómetros más," le dije.

Se quedó callado. El calor lo estaba madreando.

Cuando estábamos a dos kilómetros de la meta, le grité, "¡Vamos DHL! ¡La entrega es para hoy! ¡No mañana!"

A 500 metros de la meta, estaba allí Irapuato, como el año pasado.

Una cara conocida. Por Dios, una cara conocida.

Empecé a quebrar.

Agarré su mano mientras hicimos un sprint a la meta.

"Dos años seguidos," me dijo. Todas sus otras palabras fueron tapadas por mis sollozos.

Se me olvidó todo lo que acaba de hacer y corrí tan fuerte como pudiera.

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En la meta, ambulaba por el laberinto de puestos de hidratación, mesas de pizza y la zona de masajes, recogí mi medalla y playera y caminé al puesto de Elite Cyclery, donde mis amigos me felicitaron.

Pero andaba aturdida; faltaba algo.

En este momento, Fer Luna (quién terminó en 6:01) me vio y no me pude contener.

Una cara conocida, por Dios. Una cara conocida.

Aún cuando me tenía abrazada, bromeó, "¿Te vas a chillar de nuevo?"

Y allí, entre zapatos de clip y sillones para bici, coloqué todas las emociones que traía y las dejaba sobre mi manga y la de el. Lloré en silencio.

Entregué mi corazón y toda mi alma a esta competencia. Quizá, a veces, sufría. Quizá, a veces, me preguntaba que chingaos estaba haciendo. Y quizá, a veces, me sentía rechazada, no querida y fea. Pero supe en este momento que independientemente de que tan golpeada saliera, que esta emoción muy adentro de mí, esta fuerza que me llevó a la meta y esta creencia de que no me quebraré son cosas a las cuales tendré que ser fiel. Que soy una triatleta. Que estoy operada del cerebro, un algo sádica y mi idea de diversión en mis ratos libres es una tortura para la mayoría.

Pero esto es lo que me recuerda que sigo viva. Que tengo algo para la cual luchar. Que este corazón que late en mi pecho no podría amar algo menos digno.

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En 1918, el líder sindical americano, Eugene V. Deb, fue sentenciado a diez años a prisión por proclamar discursos contra la presidencia de Wilson. El dicho más memorable de Deb durante el juicio (se defendió a si mismo) era lo siguiente:

"Su Señoría, hace años que reconocí mi parentesco con todo ser vivo, y decidí que yo no era ni mejor que lo más miserable de la tierra. Dije entonces, como diría ahora, que mientras habrá una clase bajo, seré de esta clase, y mientras haya un elemento criminal, seré de ello, y mientras siga una alma en prisión, no estaré libre."

Soy una triatleta y me acuerdo que he perdido. He perdido peso que no necesito. He perdido minutos de mi tiempo del año pasado. Y yo reconozco mi parentesco con, y me dan una lección de humildad, gente como Rubén Grande o el hombre de 120 kilos que cruzó la meta y quienes, independientemente de las probabilidades, terminaron porque tienen una cosa que nos une a todos quienes hayan terminado un reto tan grande como es un 70.3: la creencia tan simple y poderosa de que podemos.
70.3 Ironman Cancun 2009
70.3 Ironman Cancun 2011
(Foto: Adrian Malaguti a.k.a. Bardem Downey Jr.)


Tuesday, June 28, 2011

Sin miedo y ataviada de "Iron": Crónica Fumikense del VI Maratón de Aguas Abiertas Bacalar 2011 (26 de Junio de 2011)

Es curioso cuando te quedas momentariamente indecisa. No estaba contemplando hacer esta nadada pero ahora que la hice, no me acuerdo porque no quise. Quizá porque no me sentía lista. Quizá porque el Cruce de Isla Mujeres a Cancún me quitó las ganas.

Supongo muchas cosas.

El viernes antes del evento, pagué la competencia y sábado después del trabajo, me subí al primer camión que iba para allá. Luego para darme cuenta que una vez más, subí al mismísimo camión del año pasado: el que paraba por pasaje a cada rato por todo el largo del camino, que era de 300 km.

Ya decidida, subí al camión, abrí mi libro sobre potencímetros y me preparé mentalmente para un viaje muy, muy largo.

Era noche ya cuando llegué a Bacalar. Me conseguí una cabaña a unas dos cuadras del evento y no haciéndole caso a la señorita que me dijo como llegar, me fui caminando las ocho cuadras sola por las oscuras y solas calles del pueblo.

“Mejor agárrate un taxi,” me había dicho.

Estaba hablando con la persona que iba a correr a las 11 de la noche por las calles del Centro Histórico de la Ciudad de México porque era más fácil correr sin la gente y el tráfico. La persona que solía ir a Ciudad Neza en el Estado de México, donde a los mismos lugareños les daba miedo salir solos. La persona que caminaba a casa por las noches, pensando en la forma más rápida de desarmar a un atacante con el cuchillo Wüsthof escondido en su bolsa.

Había muy poca gente en las calles, todos viendo el partido de los EU contra México en la tele. Y mientras escuchaba los gritos emocionados de “gooooooool”, levanté la mirada y vi un cielo tapizado de estrellas y nubes que hicieron una pincelada gruesa sobre el horizonte.

Me sentí muy pequeña ante lo grandioso que era la naturaleza.

Pasé un perro que me ladraba y gruñía. Mantuve mi paso, sin embargo, y ni siquiera di vuelta para verlo.

Yo soy la Alfa: quieto y hazte a un lado.
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Temprano la siguiente mañana, estaba en el evento, alistándome. Puse mi chip, me marqué y me puse bloqueador, esperando el arranque. Aline encabezó un grupo para el estiramiento

Cuando puse mis manos sobre mi cuello y jalé suavemente para adelante, descubrí algo aterrorizador:

No había rasurado.

Que inconveniente.
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Era la primera competencia de Janine y el miedo corría a través de sus ojos todas las veces que me preguntaba cómo era la ruta.

Los varones empezaron primero y arrancaron. Las damas nos metimos al agua después y apreté la mano de Janine y le dije que estábamos en la alberca y todo lo que tiene que hacer era nadar.

Tenía agarrado su mano hasta que sonó la corneta.

“¡Va!” le grité.

Agarré mi ritmo y mantenía un ojo sobre la boya.

Relaja la mano. Entre al agua por la altura de la cabeza. Una vez en el agua, extienda la brazada. Barbilla sobre el pecho. Mira hacia el fondo del agua.

Mientras revisaba las correcciones en mi cabeza, me di cuenta que mi brazada era el producto de toda la gente quienes me hicieron una mejor nadadora.

Soy el producto de toda la gente quienes me hicieron una mejor atleta.

Y pensé en gente como Michael Phelps, Alberto Contador y Samuel Bolt y sé que quizá nunca voy a poder nadar, rodar ni correr como estos atletas. No puedo nadar mariposa ni de chiste. Ruedo decentemente. Mi carrera se ha mejorado después de una lesión de rodilla. Pero quizá esto es lo que hace uno extraordinario. Esta noción tan simple de que lo hacemos porque podemos. Porque no tememos la tarea en puerta. Quizá no somos los más rápidos pero no estamos sentados sobre los laureles, hablando de ello.

Y somos extraordinarios no tanto porque somos los más rápidos pero porque estamos tratando de ser más rápido de lo físicamente podemos ahora.

Y soy una mejor atleta porque tengo gente quienes se han tomado la molestia para decirme que hago mal.
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Cuatro vueltas. ¿Por que nos torturan así?

En la 2da vuelta, estaba pensando en caimanes y que haría si uno se me salio de la nada para morderme. Pensé en como lucharía con el, ponerme atrás y mantener su hocico cerrado.



Montblanc Etoile
 
En la 3era vuelta, pensé en como calcular el porcentaje de perdida de vataje entre resultados de perfiles de fatiga, datos que puedes sacar cuando usas un potencímetro en la bici y sobre resistencia coeficiente. Y luego pensé en que se vería mejor en mi mano: un Montblanc Etoile o el Meisterstück Carbon and Steel.



Montblanc Meisterstück Carbon and Steel
 
En la 4ta vuelta, pensé en Emmanuel Kant (idealista alemán), Immanuel Wallerstein (analista de sistemas mundiales) y Henry Kissinger (ex-secretario de estado de los EU) y ¿por-qué-o-Dios-por-qué los tengo que leer? Mis pensamientos se desviaron y llegaron con que vestido Elie Saab pondría con que zapato Cesare Paciotti. Me imaginé con un conjunto de otoño-invierno de DSquared (un look Lauren Bacall/vaquera urbana) caminando por las calles de una ciudad cosmopolita mientras el olor de gasolina de las lanchas que nos cuidaba en la nadada entrelazaba con mis pensamientos.

Vestido Elie Saab

La última boya.

Estaba en el recto final. Y en un momento de claridad (mezclado con lo que algunos llamarían masoquismo), pensé que si tuviera mi Cannondale, tendría la fuerza para rodar unos 100 km inmediatamente después.

Supe que aguanto un sprint de 25 metros pero cuando llegue a los 35, pierdo gas. Esperé hasta que estuviera suficientemente cerca para soltarme cuando vi a las dos boyas rojas: entre las cuales tenía que haber nadado y las que rebasé por completo.

Maldita sea.

Tuve que nadar de regreso y pasar entre las boyas. Y a la meta.
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A veces, cuando la gente me pregunta que hice durante el fin de semana y contesto que tuve competencia, me preguntan, "¿Ganaste?"

Sandalias Cesare Paciotti
Si "gané" algo.

Gané otro día para nadar cuando tenía un miedo de la profundidad. Gané otro día para rodar, cuando antes no tenía bici. Gané otro día para correr porque no siempre me cuidaba las rodillas.

Gané otro día para estar sana y completa. Y el punto es precisamente eso.

Así que cuando salí de la regadera, ya que me fui antes de que empezara la premiación, y vi el texto de Esteban, diciéndome que había ganado tercer lugar en mi categoría, no sabía que pensar.

Aún cuando tenía la placa en mis manos, me pregunté a quién se la devuelvo desapercibidamente porque no era mío.

¿O la era?
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Undaunted and Ironclad. Sin miedo y ataviada de "Iron". Estas son las palabras en mi Road ID. Ya renuncié el miedo a la vida desde hace mucho.

La quiero vivir.

Quizá mis tiempos son del nabo. Quizá no soy la reina del crol pero supe que con cada brazada durante esta nadada, llevaba conmigo estas palabras que me definen. Traigo la piel de una Ironman y nuestras armas son la fortaleza física y mental y el deseo de mejorarnos, todo el tiempo, con la energía suficiente para cruzar la meta con la cabeza alzada hacia el cielo.



"I've got to be strong
To climb the next hill
I've got to be strong
My fate to fulfill
And from a strength
Stronger than my will
With imagination
I'll get there."

("Tengo que estar fuerte
Para subir el siguiente cerro
Tengo que estar fuerte
Mi destino por cumplir
Y con una fuerza
Más fuerte que mi voluntad
Con imaginación
Llegaré.")

De la canción "With Imagination (I'll Get There)" de Harry Connick Jr.


Sunday, June 5, 2011

Sobre drogas y montañas rusas: Cronica Fumikense del nado de 10 Km Por la Libre Cruce de Isla Mujeres a Cancún 2011 (4 de junio de 2011)

Hay una naturaleza muy delicada de las emociones humanas. Hay algo bella y mala y poderosa toda a la vez que la hace una maravilla para presenciar.
Te puede hacer o deshacer.
Una vez, alguien me dijo que era difícil vivir la vida pero más cabron quitártela. Me lo dijo una persona que, con una pistola cargada, la metió en su boca con toda la intención de jalar el gatillo.
No lo hizo.
Y son estas decisiones que llevas contigo, sabiendo que has ganado contra los demonios, aunque sea por un ratito. Pero cuando encuentras este algo, aquella chispa que te alumbra el camino y espanta a las sombras, revelando tu camino, empiezas a entender que la respuesta siempre ha estado en algún rincón muy dentro de ti.
Mis propios demonios también ambulaban por doquier. Una montaña rusa de tristeza, miedo, frustración y algo de coraje me perseguían durante las últimas semanas. Tampoco me ayudaba que una semana antes, me fui a nadar a Las Perlas y nada más pude hacer tres vueltas del circuito; mi intención era hacer 15. Estaba tan asqueada que tuve que salir por un rato. Era algo que nunca me había pasado. Cuando me sentía mejor, me metí de nuevo pero una vez que estaba hasta la cadera en agua, sentía el meneo del mar y dio nauseas de nuevo.
Era una bolita de emociones en la noche antes de la competencia. Y dado lo que paso la otra semana, decidí tomar un Dramamine. Por si las dudas.
A cada rato me despertaba. Mi boca se sentía salada y en una ocasión, me desperté pensando que iba a estar en el agua por cinco horas con esta misma sensación. Tomé agua pero no me aliviaba. Estaba entre mi cama, la refri y el baño por las siguientes horas. Cuando era hora, me vestí, comí y me fui en bici.
A las 5:00 a.m., un grupo de la Cruz Roja nos encontramos y fuimos al ferry. En cuanto llegamos, nos quitamos ropa, pusimos bloqueador, vaselina, guardamos nuestras cosas y subimos al ferry.
En el ferry, agarramos un lugar y fuimos disfrutando del viaje a Isla.
Pero yo no estaba tranquila. Cosas se removían dentro de mí. Pensé en todas las cosas que me pasaron en las últimas semanas. Todos los sentimientos que me consumían. Todas las cosas que no podía enfrentar con alegría. Miré al amanecer y al sol que se asomaba entre las nubes.  
Algo pasó. Algo se movió levemente dentro de mí.
Invité a estos sentimientos a invadirme. Dejé que la tristeza, el miedo, la frustración y el coraje me llenara.
Tómame, maldita sea. Si me quieres, tómame. Chinga tu madre y a la puta que te parió.
Sentí como todos estos sentimientos me llenaban y forcé a cada célula de mi cuerpo a comprimirse, hasta que todo lo que se quedaba era un hilo delgado, tan delgado como un cabello.
No me vas a quebrar.
En Isla, esperábamos el arranque. Y esperábamos. Y seguíamos esperando.
A casi las 8 de la mañana, casi una media hora después de cuando debíamos de haber arrancado, mi oleada fue llamada a bajar al agua. Mis nervios estaban por todos lados pero si iba a hacer esto, iba a hacerlo con gracia.
Arrancamos.
Me acomodé a mi ritmo y quería mantenerlo, sabiendo que había la posibilidad de náuseas y que el corriente estuvo fuerte. Tenía que controlar mi cuerpo y ser amable con el así que dejé que la gente me pasara. El mar meneaba y estaba bronco pero concentré en el fondo del mar y observaba como, aun con el corriente, siempre hacia los mismos patrones en la arena.  
Era durante esta observación que solté al hilo de sentimientos no queridos. Me despedí de él.
Pasé al museo de esculturas subacuáticas, una exhibición de 400 figuras de tamaño real, ubicadas unos 9 metros debajo de mí. Me sacaba de onda verlas allí y me hizo nadar un poco más rápido. Sentía que una de las esculturas iba a nadar hacia mí y agarrarme la pierna.

Concentré en la arena y en el fondo del mar, mientras ubicaba las boyas arriba. Fue entonces cuando pensé en una entrevista que vi del actor Willem Dafoe sobre su experiencia en la película “La última tentación de Cristo.” Había dicho de broma que le gustaría comprar una propiedad arriba de una colina con una vista maravillosa y poner una cruz allí. Cuando la gente se siente como que sus problemas son demasiados, les cobraría para atarlas a la cruz. Lo dijo porque cuando filmaron aquella escena icónica cuando estaba sobre la cruz, comentó que aunque estaba tan incómodo y desnudo y tenía frio, pudo apreciar la vista increíble del valle abajo. Esto lo hizo darse cuenta que tan insignificante eran sus problemas.   
Y así, tal cual, me di cuenta que todos mis problemas y frustraciones eran tan pequeños e insignificantes. Lo que se hizo, ya esta hecho. No hay vuelta atrás.
Supe que tenía la piel de mi brazo lastimada por el roce constante contra mi traje. Supe que mis fosas nasales se quemaban con el agua salado. Supe que la cuerda de mis tapones de los oídos me dejaba llagas en el cuello. Supe que a mis encías les faltaba sensibilidad por el contacto con tanto salado. Supe que iba más lenta que nunca. Supe todo esto. Pero todo se me hizo tan irrelevante de repente.
Todo lo que me importaba en este momento era que estaba extremadamente gaseosa. Sentía como las burbujas levantaba el traje sobre mi trasero. Cuando giraba la cara para respirar, me preguntaba que carajos había comido para hacerme tan apestosa.
No estaba cansada así que pensé en todas las posibles comidas culpables y seguía con singular alegría.
¿Cuanto tiempo llevaba nadando? Estaba usando mi Garmin para guiarme de regreso a la meta pero no quise ver el tiempo.
Llegué a la segunda boya naranja y había aceptado desde hace rato que era la última nadando. Cuando me acerque, vi más nadadores yendo hacia la boya y ya una persona agarrado de las cuerdas: era Rodrigo de la alberca. Agarré un nudo de la boya y comí un gel. Me di cuenta que el corriente estaba mucho más fuerte de lo que pensaba y supe que menos que si querría sentir asqueada, era mejor que me mantuviera en movimiento. Comí y me fui.
Unos 15 minutos después, se me acercó un barco.
“Te vamos a sacar del agua. Se terminó la competencia.” Pude haber seguido pero tenía curiosidad. Subí las escaleras. Rodrigo ya estaba a bordo.
Me enteré que ni siquiera había llegado al primer relevo, en el km 3, y llevaba como 2 horas 20 minutos en el agua. Corte de tiempo era a las 4 horas 30.
Me quedé en estado de shock. Mi tiempo de nado era horrible.   
Que mal se siente ser la última.
Pero miré alrededor de mí y vi que todavía seguían varias personas en el agua donde me recogieron. Que raro. No todos pueden ser tan lentos.
Había un señor en mi barco que me dijo que había hecho Bacalar y Puerto Morelos. Preparó para el Cruce, nadando seis días a la semana, haciendo cinco kilómetros diarios.
A él lo recogieron antes de mí.
Más y más gente fue levantada en la zona. Una señora que estaba a bordo de otro barco estaba vomitando violentamente al mar. Otra señora me dijo que había vomitado varias veces durante la competencia. Se quedó igual de verde como su traje.
Te amo Dramamine.
Fuimos llevados a un barco más grande donde todos a bordo se veían inmensamente miserables. Más que uno se veía como que la cena de la noche anterior iba a ser parte de las primeras planas.  
Escuché a unos nadadores experimentados comentando que esto fue la primera vez que los habían sacado de una competencia.
Y luego una sorpresa: Fer Maratón, un nadador y triatleta fabuloso, estaba arriba de una moto acuático, con una mirada miserable.
¿Que se esta pasando?
Ya sobre tierra firme, el barco entero y yo cruzamos de un lado de la meta para no activar nuestros chips. Claudia, Mari, Andres y Roberto me estaban esperando. Aún cuando me felicitaban, les dije, algo sacada de onda, que no había terminado. No importa; me abrazaban de todos modos. Y luego, otra sorpresa aún más grande: nuestros amigos, todos nadadores muy fuertes, aún no han llegado.  
Ya se había corrido cuatro horas.
A las 4:25:29, Dami llegó. Sus ojos estaban bien marcados por sus goggles. Empezaron a presionar tanto contra su cara que causaron una succión sobre sus ojos, jalándolos. Se había terminado por orgullo y juraba que jamás vuelva a hacer esta carrera de nuevo.
Llegó en sexto lugar de su categoría. Lugar 55 general. Es la misma persona que hizo la carrera el año (de Cancún a Isla) en 2:11.   
Joaquín llegó un poco después.  
Ellos dos son los únicos que conozco que terminaron. Ningún otro conocido mío lo ha podido hacer.
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Bajando de las embarcaciones, vi a mis amigos llegar, uno por uno, muertos, un poco tristes y más que nada, desilusionados.
Fue entonces cuando vi a un nadador, uno de los pocos quienes terminaron la carrera, al cual cargaron para ponerlo sobre el tapete de la meta: era un doble amputado, con nada más 25 cm de cada pierna. Mientras todos aplaudieron a este hombre, supe que si no pudiera apreciar lo que tengo, sería la cínica más grande del mundo.
Y todo esto regresa a las decisiones que tomamos. Que decidimos hacer con nuestro tiempo. Quién o que tiene prioridad. Que es importante.
Pude haberme quedado trepada sobre la montaña rusa de emociones y dejarme guiar por la tristeza. Pude haberme anclada al fondo de mi abismo emocional. Mi amigo pudo haber jalado el gatillo. El doble amputado pudo haberse quedado en una silla de ruedas. Pude haber elegido no hacer esta carrera, desistir y optar por lo que era cómodo.
Pero no lo hice. Y ellos tampoco lo hicieron.
Soy una triatleta. Pero antes de esto, soy una humana y una mujer. Y me acuerdo de la esencia que nos hace completos. Que estos elementos nos recuerdan de nuestras fallas y nuestras fuerzas. Que la felicidad no se puede existir sin la tristeza. Que estos elementos son importantes pero sirven nada más en el momento que se presentan.
Que todos tenemos el poder de elegir. Y elegí bajarme de esta montaña rusa.  
Gracias a Dios por Dramamine.

DNF (No Se Terminó): Crónica Fumikense del Triatlón Estatal de Cancún en Punta Nizuc (3 Abril 2011)

Era el 2002. Me acuerdo porque estaba viendo la Copa Mundial de Japón-Corea del Sur. El orgullo regía mi existencia en aquel entonces y en lugar de hablarles a mis padres por un préstamo, decidí sufrirle. Me acuerdo de estar comiendo una barra de chocolate para cocinar porque era lo único que tenía de comida en casa. Me acuerdo de estar acostada boca-abajo, viendo fútbol porque de otra forma, estaría gastando energía y no tenía más comida.


Eran años difíciles. Tanto así que me caí en una depresión abismal y pregunté a Dios que si no haya más por hacer, que me lleve ya. Tenía muy poco trabajo y no lo suficiente como para gastos. No tenía para pagar la renta. No tenía para pagar el gas para la estufa y agua caliente ni dinero para papel de baño y pasta de dientes. Mi tarjeta de crédito estaba al tope. Mi línea telefónica fue cortada. Me escondía en un rincón de mi departamento mientras los de la administración del edificio tocaban la puerta. Esta existencia era dolorosa. Yo no lo quería seguir.

Y nada pasó. Fue como si una palabra no dicha fue hablada.

Una palabra hace la diferencia. No se requiere mucho.

Lo tomé como una señal para seguirle.

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DNF. Las siglas en ingles por "Did Not Finish" (No Se Terminó). Esto es lo que pasa a un triatleta cuando, por una razón u otra, no puede terminar una competencia. Nunca he tenido una pero esta vez, pensé que así tendría que terminar.

La noche de martes fue la última vez que corrí antes del triatlón de domingo. Mi rodilla andaba rara desde el contrarreloj de Enero y después de terapia y dos semanas de descanso, empecé a sentirme rara después 30 minutos de correr. La evolución durante la semana fue desde "no haré el tria," a "hacer la nadada y la bici" a "veremos que pasa".

"Ve como te sientes después del nado y la bici," me había dicho Joseph.

Como dije, nada más se requiere de unas tantas palabras.

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Llegó la mañana de domingo y caminamos hacia el arranque del nado y disfruté al sol y la sensación suave del agua sobre mi piel.

La nadada va a ser muy rápida.

Minutos antes de que empezara el nado, el organizador anunció que debido a la conferencia sobre el narcotráfico en Cancún, el tramo de la bici tendrá nada más un carril. Cinco metros de espacio para dos sentidos de tráfico de bici. Por favor, que no haya ciclistas tontos hoy.....

Los hombres empezaron primero mientras las mujeres se afilaron sobre la playa. Cuando me metí al agua, un pelicano voló bajo sobre nosotros. Fue uno de estos momentos únicos a los cuales sientes que eres la persona para quien fue hecho, una clase de saludos personal de la Madre Naturaleza. Levanté mi mano, como para decir "hola."

En el agua hasta la cintura, me preparé para empezar.

El silbato.

Ataqué al agua y me sentía fuerte. Mis manos se metían entre otros nadadores quienes estaban adelante de mi, mientras nadamos a la primera boya. El agua era como plato y con la excepción de las olas causadas por los jet skis, todo estuvo muy tranquilo.

Una vez afuera del agua, corrí hacia la T1. Corriendo por el camino bordeado por reclinadores, llegué a mi bici y tomé el tiempo necesario para poner todo lo que necesitaba: número de competidor, lentes oscuras, casco, bici.

Salí de transición.

Me fui volando y sentía como si tuviera un ave de presa adentro de mí. Estaba lentamente abriendo sus alas, extendiéndolas por completo. Alas enormes aleteaban para abajo e empujaba al aire.

Mis pies se fueron más para adentro de mis zapatos mientras rebase a alguien. Y luego a otro. Y luego a otro.

Pero no estaba segura si podía aguantar. No he entrenado. La carrera. Aquella maldita carrera. Mi rodilla estaba renegando el martes después de haber corrido. ¿Aguantaría?

Decidí a bajar la velocidad un poco antes de llegar a la T2.

Colgar bici. Quitar casco. Poner gorra. Lavar pies. Poner zapatos.

Me fui de la transición.

Antes de que me diera cuenta, estaba corriendo por el camino. ¿No que no iba a hacer la carrera? Nada de dolores. Nada de molestias. Mi rodilla se sentía bien. Puedo parar más adelante si necesite.

Después de correr sobre el camino de tierra, mi rodilla se empezó a protestar. Bajé la velocidad a caminar un rato y decidí a tomarlo tranquilo.

Lau de 3BT vino corriendo al lado.

"¡Vamos Fumiko! ¡Vamos a correr!"

"Mi rodilla..." protesté.

"¡Corremos juntas!" me había dicho.

Corremos juntas.

Se necesita nada más de unas tantas palabras. Y no paré de correr hasta que llegué a la meta.

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A la vuelta de la carrera, hubo un grupo de jóvenes quienes estaban repartiendo botellas de agua. Extendieron botellas, ya sin tapa, a los competidores cuando de repente, una de las chicas me dijo algo que no esperaba:

"¡Wasabi!" gritó.

Le di una mirada.

Se requiere nada más una palabra. Pude haberle dicho algo muy fuerte y arrepentirlo.

Pero no lo hice.

En cambio, agarré una botella de agua de un chico que estaba parado en frente de la chica.

"Gracias," le dije.

El aire se explotó en una cacofonía de sonidos y gritos que me sorprendió. Mientras daba la vuelta, me di cuenta lo que acaba de pasar: era la primera persona en pasar que les dijo esta palabra.

No era mi intención ser maliciosa y no lo haría concientemente menos que fuera provocada. Pero sentí provocada y mi orgullo me encontró. Le dije a la chica:

"Es que los extranjeros somos mejores."

Pero no se ofendió. Alguien le acaba de decir "gracias". Y ahí no importaba de donde era yo.

Nada más se requiere una palabra.

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Empecé el día esperando un DNF. En cambio, encontré una serie de palabras que me levantaba, cada una de su manera muy propia, como si fueran esta ave de presa que tengo adentro. Y cuando pienso en aquellos días en que tuve que eligir entre pagar pasaje del camión y comer, y preguntándole a Dios cual es la razón de que sigo viva yo, me acuerdo.

Me acuerdo que eres tan fuerte como las palabras que usas. Las palabras que sientes. Las palabras que sabes que son verdaderas.

Sunday, February 6, 2011

De tortugas y un par de alas: Crónica Fumikense de la 2da Competencia Contrarreloj 43.190 Km. en la Ruta de los Cenotes, QR (30 Enero 2011)

Cuando era una niña, mi papa siempre me criticaba por ser indecisa. No podía hacer una decisión sin que tardara 10, 15 minutos. Me regañaba por tardar tanto tiempo en todo.

Me decía que siempre iba al paso de tortuga. Siempre.
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Sábado por la noche, 10 horas antes de la segunda edición de la Competencia Contrarreloj de 43 km, estoy llegando de Playa con la incertidumbre de cómo llegar a la competencia y si la quiera hacer o no. Ya me estaba desanimando: no encuentro ride, no he entrenado, ando desvelada.

9:50 p.m.: mi celular se estaba sonando.

9:51 p.m.: sonaba el timbre de mensajes.

9:52 p.m.: sonaba el celular de nuevo.

9:53 p.m.: sonaba el timbre de mensajes de nuevo.

Chequé mi celular: era Genaro.

9:56 p.m.: hablé al Sr. Tortero (aka Genaro), quien me contestó con una que otra palabra cariñosa (¿por que chingaos no contestas el teléfono?).

Para las 10 p.m., tenía ride.  

Pero aun seguía con incertidumbre. Pensé que si no me levantara a tiempo, no iré. Sin embargo, el Destino tenía su propia agenda y a las 3:45 a.m., me levantó una voz cantando “La historia entre tus dedos” de Gianluca Grignani. A la vuelta, los vecinos decidieron tener un concierto a todo volumen y me despertó la fiesta.

La cita era a las 5:00 a.m. en el Oxxo y mientras esperábamos a Erica, veíamos gente saliendo de una fiesta. Hasta llegó una pareja donde el hombre (quién bajó para comprar unas chelas), escasamente vestido con unas mezclillas colgándose precariamente de su cuerpo y apenas con unas chanclas, claramente venía (quizá literalmente) de plena faena con la chofer del coche. Ya para las 5:30 a.m., tengo la bici desarmada en la camioneta de Erica e íbamos rumbo a la competencia.

Bajando del coche allá en la Ruta de los Cenotes, sin embargo, sentía que era una muy mala idea ya que el aire frío nos envolvía en sus brazos, haciendo lo suyo contra la licra poca protectora que todos traíamos puesto.

Carpas fueron armadas. Bicis ajustadas. Competidores checando unos al otro con ojos críticos.

Uno por uno, empezaron a salir los competidores. Según la orden de salida, iba yo a salir primera de mi heat.

A las 7:30, me hablaron. Las seis mujeres en mi categoría afilamos una tras de otra, esperando los cinco minutos que hubo entre los arranques de cada categoría.

Cada minuto, Memo anunciaba el tiempo que faltaba para el arranque. El conteo regresivo, quiere o no, me daba nervios. Prometí a Martha y a las demás que haría mis mejores esfuerzos de no cagar Twinkies Dalmatas en el camino.

'Miento,' pensaba. 'Voy a dejar un cake THIS BIG, tengo tantos nervios.'

"Tienes 30 segundos," dijo Memo. Agarré un trago de agua. La garganta se me quedó seca, de repente.

Y luego su voz de nuevo:

"Diez." Concéntrate.

"Nueve." Es una rodada.

"Ocho." Enclipada.

"Siete." Pie enclipado arriba para agarrar fuerza.

"Seis." ¿Donde estas?

"Cinco." Aquí.

"Cuatro." ¿Que hora es?

"Tres." Ahora.

"Dos." ¿Que eres?

"Uno." Este momento.

Con un grito guerrero, estaba afuera.

La primera mitad la llevaré tranquila. El tercer cuarto, voy a levantarle. El último jalón voy a dar con todo. 

A ver si aguante.

Escuchaba la voz de Marilupe en mi cabeza:

"No te me desesperes," cantaba en su acento poblano, "pero cuando yo hice el recorrido en coche, se me hizo eterno."

La eternidad dura 43.190 kilómetros el día de hoy.

A unos kilómetros de Leona Vicario, veía los primeros de bici de montaña regresando. Veía como peleaban contra el viento y mentalmente, me hice de la idea de no agotarme rápido. Hay que repartir energías de una forma inteligente.

Estaba pasando un terreno escavado, un hoyo en la tierra que se veía como el lugar ideal para encontrar cuerpos en plena descomposición, cuando pasé la curva. Adelante, estaba el puente a Leona.

Observé como se levantaba entre lo verde de la selva y nada más pensaba en palabras que son de cuatro letras de larga, en particular, una que empieza con "f" y termina horizontalmente. Subí y llegué a Leona, la gente haciendo un muy bonito labor de indicarnos donde ir.

De regreso entonces.

Ya otra vez arriba del puente, un panorama bellísimo se abrió delante de mí y el camino curvaba como estos paisajes donde se ve un camino largo que se desaparece atrás de una colina, yendo hacia un destino. Llámese camino a casa, la meta o el lugar adonde te lleva cada acción de tu día a día porque es donde tú quieres estar.

Yo tengo un destino y no hay fuerza que me desvíe.  

Ahora empieza.
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Martha era la segunda en salir atrás de mí y no quería voltearme para ver si venía. Tengo que concentrar en lo mío y seguirle. Sentía las piernas empujarme adelante.

En los últimos cinco kilómetros, sentía el viento remolinarse, especialmente en las curvas antes de la meta. Llegué a la primera curva, pensando que ya estaba cerca.

No. Otra recta y otra curva. Llegué al final de esta recta, pensando que esta si era la buena.

Tampoco la era. Maldita sea, ¿donde está la meta?

Fue en la cuarta curva cuando vi la carpa y la meta.

La cadena sonaba mientras los cambios entraron a una velocidad más fuerte.

Hora de cerrar.
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Y aun cuando Alberto, quién nunca se despegaba los ojos de su laptop, sonreía cuando anunció que yo, la imagen, la poster girl de la competencia es ahora la también ganadora, me impactó más algo que pasó a los pocos minutos.

Alguien me tocó el hombro: era pro triatleta local, Alejandra Gutiérrez, la ganadora general, rama femenil, de la competencia.

Me abrazó, felicitándome.

Nunca hemos sido presentados. No la conozco pero confieso que desde hace mucho, la he seguido en todos los triatlones que hemos hecho, admirando su velocidad. Y me recuerdo que siempre quería felicitarla por todo el empeño e ejemplo que es para todas nosotras.

Y me cae que esta felicitación era lo más bonito de haber ganado.

Primer lugar en mi categoría, segundo lugar general.

Esta tortuga ya puede volar.