Friday, November 20, 2009

De Descansar: Crónica Fumikense del 1er Triatlón (Todo Terreno) de Xel-Ha 2009

Con la inminente llegada de Huracán/Tormenta Tropical Ida, lluvias torrenciales y la incredulidad de que el evento se llevara a cabo, la primera edición del Triatlón Xel-Ha se hizo, como planeado.

A diferencia de muchos triatlones locales, el enrackeo fue desde el día anterior. Llovía caía a cada rato desde Cancún a Xel-Ha, cayendo con una energía que delataba lo que venía. Yo, sin embargo, traía conmigo una sensación de tranquilidad y quizá preocupación. Llevaba una semana y media de descanso debido al fluido en la rodilla, resultado directo de un entrenamiento de 2 kilometros de nado y 110 en bici, e indirecto, del medio Ironman.

Vaya entrenamiento....

Entre el clima y mi rodilla, sentía el peso de mis ansias de no estar entrenando.

Pero lo haré. Como dé lugar.

El día de la competencia se mostró el clima amigable. Dejé mi puesto de tianguis/área de transición ordenado y me fui con Carlos al arranque del nado.

Esto tiene que ser uno de las salidas más padres que había visto en mi vida. El puente flotante de Xel Ha es de como 60 metros de largo y flota sobre el superficie del agua. Las olas rompían a unos 30 metros del puente sobre unas piedras, en la boca del estuario, haciendo que el puente meneaba. Lo cual presentaba un problema para varias personas: hay que dar un clavado. ¿Cuantas veces voy a agradecer mi loquísimo instructor de natación? El que felizmente se muere de la risa viéndonos dar panzazos que semejan a unos buenos hot cakes cacheteando a un sartén en una volteada. Practicábamos hartas veces para no dar clavados en posturas que se parecen a pavos de Navidad.

Los minutos pasaban y una por una, salían las oleadas. Había varios pavos de Navidad y cuando mi categoría se acercó, todas caminábamos como si hubiéramos ido a todos los bares del Yaxchilan la noche anterior. Algunas se sentaron sobre el puente, no sintiéndose con la seguridad de dar el clavado.

Yo me quedé de pie.

Esto lo tengo que saber hacer.

Arranque.

Di mi clavado a las aguas verdes y nadé hacia la caleta. Aline, mi maestra de los clavados, estaría muy orgullosa.

El momento que toqué el agua, sin embargo, sentí que estaba en problemas. Mi respiración estaba demasiada agitada por esta etapa de la competencia y mis hombros se sentían cansados. Me tranquilicé y me recordaba que lo puedo hacer, mientras veía los peces y medusas abajo de mí. Aun cuando me atoré en la primera boya (porque otros dos nadadores me cerraron el paso), pude librarme sin paniquear.

Saliendo del agua, eran unos 300 metros a la transición. Quité los goggles y la gorra y saqué mi trenza de las ligas, mientras corría a la T1.

Lo bueno de ser una nadadora lenta es que en la T1, es muy fácil encontrar tu bici.

Agarré vuelo en la bici y fui rebasando gente, haciendo carreritas con un ciclista con una casaca de un esqueleto.

Después de 10 kilómetros, me dejó el Huesudo. Sin albur.

Maldito...

Me acordé de mis rodillas ya en la carrera. En particular en la subida de (al parecer) 30 grados del puente de la carretera. Se tronaba y rebrincaban cosas en mis rodillas como si fuera robot, resortes y tornillos cayendo por todos lados. Ya por el otro lado de la carretera, había un camino no pavimentado y como llovió la noche anterior, charcos de lodo se encontraban por varios lados de la pista.

En este momento, de regreso, venían varios competidores, entre ellos, Rubén Grande.

Rubén es un triatleta local que ha hecho una serie de triatlones por todo el mundo. Hizo el Ironman 70.3 conmigo y su próximo reto es el Ironman completo de Cozumel. Independientemente de todos sus logros increíbles (entre las cuales están los varios Ironmans que ha hecho), la cosa que mas lo destaca es un detalle:

A Rubén le falta una pierna, de la rodilla derecha para abajo.

Mientras corría, pensaba en todo que el tuvo que enfrentar para llegar aquí. En todo lo que le decían y le hacían.

Conozco este país. Llevo 13 años bien vividos acá. El nopal, penacho y hasta las kekas los tengo pegados a la frente. Y también conozco la sociedad y su gente. Escucho la voz de la señora diciendo a su hija quién quiere bajar de peso "¿por que vas a ir a la yoga si la vas a dejar?" Veo al amigo talentoso quién rechaza la oferta para ir de giro musical a Alemania para no dejar sola a la novia, con la cual tronó tiempo después. Escucho las voces diciendo a los niños que no brincan/suben/juegan/tocan porque se van a lastimar. No te arriesgas, dicen. Estas más a salvo estandote quieto.

¿Ves que no vas a poder? Y tu con una pierna, ¿como?

Esto, más las miradas de morbosa curiosidad de todos los días a la pierna que le hace falta a Rubén.

No hagas nada. Te van a lastimar. Te vas a lastimar.

A mi me lastiman las bromas que le hacen a aquel niño Rubén, detrás de su espalda. Repudio la discriminación que le hacen.

Y aun así, es un triatleta.

Es un Ironman.

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Hace un año, en el Ironman de Cancún, había un señor que traía un letrero que decía:

"Today, No One Quits." (Hoy, nadie se rinde.)
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Había gente quienes sufrían la carrera pero una pizca de tenacidad hacia que aquellas piernas se acercaban a su dueño a la meta. Todos tenemos batallas. Todos tenemos broncas. Todos tenemos a alguien que no cree en nosotros, que da por hecho nuestro fracaso prematuro. Lo que no saben es que tenemos que fracasar para ser grandes. Tenemos que caer para aprender como no hacerlo de nuevo. Tenemos que llegar al último para saborear e entender lo que significa cruzar esta distancia al primer lugar. Que se trata del camino en sí.

Hoy, nadie se rinde. Hoy, nadie se descansa.

Thursday, September 24, 2009

Cueste lo que Cueste: Cronica Fumikense del Ironman 70.3 Cancun 2009

Creo que no sabes de que eres capaz hasta que lo intentas.

Por un año, estaba diciendo que voy a hacer mi primer medio Ironman. He estado entrenando, viviendo prácticamente en la alberca, sobre la pista, montada en la bici. Descansé cuando los expertos decían que debo de y comía y hacía los sacrificios culinarios que van en contra de mi naturaleza de alta cocina de la catadora en mi.

En las semanas previas al evento, las dos personas quienes yo sabía que iban a hacerlo estaban paulatinamente haciéndose más nerviosos. Los días previos al evento eran peores.

Yo, sin embargo, estaba alreves: lo consideraba como una sesión de entrenamiento muy largo. Me empecé a poner nerviosa cuando fuimos a enrackar nuestras bicis el día anterior. Fernando, amigo de la natación, y yo fuimos a babosear, admirando las super bicis que estaban llegando, como si fuéramos niños en una dulcería.

Fue entonces cuando la vimos: una Felt completamente personalizada con todo en fibra de carbono, de rosa y verde. El nombre en el cuadro decía: Michellie Jones.

QuE?!

Elite campeona mundial del Ironman Kona Michellie Jones esta en Cancún.

Casi cagué Twinkies Dalmatas.

Fue entonces que me empecé a poner nerviosa. No tanto porque pueda considerarme su competencia pero porque hasta entonces, había participado en sprints locales donde las estrellas eran nada mas esto: locales.

Esto iba a ser una sesión de entrenamiento con los super elite de escala internacional.

Chispales….

Y saber que otros Ironmans de reconocimiento mundial estaban también competiendo no ayudo mi estado.

El día de la competencia: a las 5:15, Fernando y yo llegamos. Estábamos viendo los otros atletas llegar cuando decidimos ya era hora. Organicé mi transición como si fuera puesto de tianguis, vendiendo discos piratas: bloqueador, lubricante, aflojador de músculos, zapatos de clip, toalla, gorra, lentes para el sol, zapatos para correr, calcetines, ánfora de agua, Gatorade, numero de competidor, casco.

Después de checar todo tres veces, fuimos a la playa para empezar el arranque. Había otra gente quienes ya estaban nadando para calentar antes del evento. Estaba hasta la cintura en el mar, a punto de aflojar, cuando volteé y vi el amanecer. Era de un color de nieve de naranja, delineando las nubes de color azul crepúsculo. La belleza sencilla de la escena me movió algo muy adentro de mí, recordándome que mi tío diabético acaba de tener sus dos piernas amputadas, tiene que hacer diálisis de riñones y ha tenido hemorragia de cerebro. Me recordó que hace un año, yo era la espectadora.

Y ahora soy una competidora y soy muy afortunada para ser una.

Este pensamiento me pegó tan duro que me arrancó una emoción tan fuerte y empecé a sollozar. Fer me abrazó sin entender que me estaba pasando por la mente e imaginaba que estaba nerviosa. Me decía que estoy en casa y que conozco la ruta, la gente, las condiciones, el clima. Que la puedo hacer.

Uno por uno, las oleadas salieron. Los nervios empezaron a aumentar cuando mi oleada fue llamada y llegué al punto de arranque, esperando la salida.

Mi ritmo cardiaco subió a 127.

La sirena.

Nadaba crol modificado para que no llegara a Cuba y me desvié nada más dos veces: una vez cuando estaba siguiendo otro nadador y una segunda vez cuando, con la mirada pegada a la última boya, casi rebasé las boyas de en medio por el lado equivocado. Nadé, manteniéndolas a mi izquierda y me fui a la salida.

Nota mental: Nunca sigues a otros nadadores porque, igual que tu, pueden estar pendejeando también.

Afuera del agua, la Transición 1 estaba a 250 metros. Corrí y una vez mas, estaba mentalmente dando abrazos de oso a mi instructor loco de natación quién nos hacía entrenamientos de nadar velocidad por 25 metros, salir por el borde de la alberca (y no por las escaleras), correr al otro extremo y de nuevo. Por media hora.

Pude rebasar otro competidor mientras corría por el parque a la T1.

Mi bici era fácil de encontrar ya que todos los demás competidores estaban en la ruta. Me había sentido algo torpe por la cuestión que no se subir ni bajar de la bici con los clips ya puestos en los pedales y porque me puse un jersey para cargar mi comida. Sin embargo, había gente en la T1 quienes estaban tomando su tiempo, poniendo sus playeras, secándose, comiendo.

Subí a la bici y empecé los 90 km. Cuando pedaleé a donde estaba el tramo de donde tenemos que dar dos vueltas, llegué justo a tiempo para ver los elite terminando su primera vuelta. Adelante de mi, estaba el número 1024, rodando a un ritmo tranquilo. Me di cuenta que apenas empezó la bici también.

1024.

10:24 es una hora. Y yo voy contra reloj.

Lo fui a rebasar.

Cuando los elite me rebasaron en su segunda vuelta, escuché el sonido de las llantas de disco completo remolinar. El sonido parecía al rugir de los leones. En mi delirio e emoción de estar en una competencia con atletas tan increíbles, pensé que aún estaría en éxtasis al ser tirada de mi bici por un atleta así.

En el regreso para mi segunda vuelta, había nada más unos tantos quienes todavía estábamos haciendo el tramo de la bici. En la distancia, vi las nubes oscuras ambular por la Zona Hotelera.

Ahí viene la lluvia.

Enracké mi bici y me cambié para correr. Desde las gradas, pude escuchar la ceremonia no-oficial de premiación de los ganadores elite. En la carrera, todavía había muchos corredores, algunos caminando. Por la primera vez en mi vida, me sentí muy bien saliendo de la T2. Boyante y sonriente, corría mientras pensaba que honestamente me sentía mucho mejor que como los demás se veían. Algunos caminaban un buen tramo. Otros se quedaron sentados en la banqueta. Y todavía otras se veían como que todavía tenían pila para terminar. Mientras nos regó una lluvia torrencial, extendí mis brazos hacia el cielo y daba gracias que no se puso caluroso e húmedo el clima.

Estaba felizmente distraída por los cuerpos que me pasaban. ¿280 era su número de competidor o su precio?

Si me alcanza para pagar esto.

Para la segunda vuelta, ya había menos atletas, cuando alcancé a Jackie, a quien conocí en la bici (vio que traía un jersey de Vancouver y pensaba que era una paisana suya).

"¡Vámonos Vancouver! ¡Tu puedes!"

Corríamos al par para la segunda vuelta y cuando subíamos el cerro para entrar a la Zona Hotelera y a los últimos 10 kilómetros, me preguntó que tan lejos estaba la vuelta. Técnicamente hablando, sabía que estaba lejos pero ella se veía con ganas de salir de la competencia. A todos quienes nos pasaban, les preguntaba si estábamos lejos. Todos le contestaron que estábamos muy cerca.

"¡Mira Jackie! ¡Veo la carpa desde aquí! ¡Allí está la vuelta!" Aumentaba la velocidad para alentarse cuando se dio cuenta que no era la vuelta y aún faltaba.

La frustración le estaba pesando. Admitió que estaba un poco pasada de peso y odiaba el hecho que su peso la retrasa. Esforzándose, su cara se veía adolorida. Compadecía con ella porque se lo que siente esto.

Un hombre en una motoneta se acercó y nos preguntó si necesitábamos algo. Jackie mantenía su mirada hacia adelante y le contestó a secas. El comentaba en español que se le hacia muy seria Jackie. Le dije que era porque ella quería una medalla y playera de compleción de la prueba.

"Dejan de entregarlas a los ocho horas...en mas o menos 30 minutos," respondió el.

Pero yo sabía que era lo que le preocupaba a Jackie. Se trataba de más que un pedazo de metal y una prenda. Se trataba de completar. Se trataba de aprobación. Era como cuando estabas en la primaria y la maestra no te contaba como parte de la clase. Hiciste toda la tarea pero de todos modos te dio un 0. De esto se trataba.

"Ya casi llegamos, ¿verdad?"

Veía a su reloj a cada rato. Los minutos se volaban. Ella quería llegar antes de que cerrara todo.

En camino a la meta, muchos de los triatletas iban en sus bicis de regreso a sus hoteles. La mayoría nos echaban porras.

"¡Ya casi llegas!" gritaban. Triatletas son realmente gente muy positiva y feliz.

Nota mental: Mi siguiente novio tendría que ser un triatleta.

En las últimas dos millas, el esposo de Jackie nos acompañó y corrió a nuestro ritmo, llevándole agua y animándola a seguirle.

De repente, las torres de Wet 'n Wild se asomaron. Ya casi llegamos.

Daniel, un muy buen amigo de la natación y a punto de hacer su primer triatlón, el Ironman de Cozumel, me alcanzó en los últimos 600 metros de la meta.

"Te dije que iba a estar y aquí estoy. Vámonos. Tenemos unos minutos mas antes de que apaguen el reloj."

Corrió conmigo mientras mis amigos, espectadores y otros atletas nos animaban. Jackie se adelantó.

"¡Ya eres una Ironman!" me gritó un competidor.

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Cuando era una niña, otras niñas querían ser princesas y reinas.

Yo quería ser una superhéroe.

Ahora soy una Ironman.

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Estas palabras me provocaron una avalancha de emociones mientras una lagrima salio de la esquina de mi ojo.

"Vamos Jackie. Casi llegamos." La voz se me quebraba mientras aumenté velocidad y di vuelta a entrar al parque.

Y cuando vi la meta y el comentarista anunciando mi llegada, mis amigos estaban allí, esperándome. Tuve que tapar la boca con mi mano para que no me soltaran las lágrimas.

Mis pies traían ampollas. Estaba mojada y sudada pero mis amigos me abrazaron sin pensarlo dos veces, mientras lloraba. Mi tiempo oficial: 8:09:04.

Le estaban dando masaje a Jackie cuando me acerqué.

"No lo pude haber hecho sin ti," me dijo, viéndome fijamente. Le apreté la mano porque las dos sabíamos que nos costó este momento.

La noche terminó con unos cuantos amigos en camino a la premiación oficial. Llegamos justo cuando premiaron las elite. Michellie Jones llegó en primer lugar para las mujeres. Mientras las categorías fueron anunciadas, y hasta uno de los ganadores de categoría 60-69 bailaba en el escenario, me quedaba asombrada por el mundo al cual me bautizaron.

Ya terminado la premiación, empezaron a anunciar el sorteo para los lugares para el Mundial de Ironman 70.3 en Clearwater, Florida. Sin otra razón más que porque estaban muy cómodas las sillas, mis amigos y yo nos quedamos a ver a quienes seleccionaron. Uno por uno, los competidores fueron llamados y aceptaron sus slots. Otros no estaban para aceptar y sus lugares fueron entregados a otros. Llegaron a la categoría femenil, 35-39 y la anfitriona dijo un nombre que no esperaba escuchar:

"Fumiko Nobukoa."

¡¿QuE?!

Fue probablemente la única palabra en mi vocabulario por los siguientes 10 minutos.

El apellido estaba todo mal pero no puede haber otra Fumiko. ¿Realmente me llamaron? Para mí, conseguir un slot para Clearwater era como ser invitada a las Olimpiadas o rodar en Astana con Armstrong.

¡¿QuE?!

Y así terminó el día. No acepté mi slot a Clearwater pero voy a entrenar duro para una carrera digna en caso de que decidan a aceptarme de nuevo.

El día se repitió en mi cabeza y mientras me quedaba dormida, supe que estas tan fuerte como la parte mas débil. Entendí que con cada competencia que hago, mi debilidad se va a ser más fuerte. Que aunque la distancia máxima que había corrido antes del Ironman era 16 kilómetros, las ganas para correr los 21 eran las que me daban alas.

Que realmente lo quise con todo mi corazón. Cueste lo que cueste.

Friday, July 24, 2009

De Superarse: Crónica Fumikense del Triatlón Solo Para Mujeres en Isla Mujeres, QR (Julio 2009)

Uno nunca es demasiado grande para vivir como nunca se haya vivido antes.

Ante una situación que incluía una tormenta tropical, una cancelación del evento y un estrellazo de bici ajena a mi rodilla derecha, nos llego el día cuando finalmente, se pudo hacer el Triatlón Solo Para Mujeres. Tal como en la vez pasada, tuve una pesadilla pre-competencia. La primera vez, soñé con que llegue a la transición 1, del nado a la bici, y por una razón extraña, me encontraba lejos (de la transición y en mi pueblo natal, San Francisco). Corría para no perder mis diez minutos de ventaja y veía las otras competidoras pasar, mientras ellas volaban en bici. Y yo, buscando un camión que me llevara de regreso a la transición. Dos días antes de la nueva fecha, soñé con que no arranqué con las demás en el nado porque no encontraba la gorra del evento.

A las 4:30, salgo de la casa para llegar al Ferry y alcancé el de las 5. Me senté arriba y en la gran oscuridad del alba, pude ver las estrellas y la luna. Meditaba sobre el triatlón mientras me acompañaba un viento fresco, recordándome que soy, y nada mas. Como nunca había viajado a la Isla de noche, vi como tenían prendidas luces de color azul eléctrico a los lados del barco. Novedoso para mi, se me quitó la novedad en cuanto me mareaba el color. Sentí como si estuviera viendo una escena de Fantasia con una cantidad industrial de alucinógenos. El color era tan chillante que casi casi se me salían elefantes rosas por las orejas.

Mejor me pongo un poco lejos de la orilla.

Así contemplaba la noche y la brisa.

Ya en la Isla, vi llegar, poco a poco, caras conocidas. Nos marcamos y nos enrackamos. Y como si fuéramos estrellas de cine en Cannes, en cuanto un grupo se juntaba para la foto, se hacia un evento paparazzi, terminando en 5 a 10 fotógrafos con sus flashazos. Hasta un turista greñudo quien parecía a Axl Rose con 30 kilos demás se acercaba para sacar fotos.

07:27 – Nos estaban hablando para acercarnos a la salida. Lo que ayudó la puntualidad de los organizadores era que a las 8:30 am, iban a pasar los primeros barcos que traían cargo de Cancún, justo por las boyas que ibamos a pasar.

Mujeres se abrazaban, deseando a la otra mucha suerte. Se escuchaba la ansiedad en las voces estiradas a punto de agudeza.

07:30 – Arrancamos. Y daba gracias a mi querido instructor de natación mientras nadaba crol modificado sobre las piernas y cuerpos de las mujeres en frente de mi. Aquellos ejercicios de “salida en mar abierto” eran iguales a lo que vivía al apuntar hacia la primera boya.

Por la primera vez en mi vida, rebasaba gente. Veía una nadadora y como si en plan de ataque, me fui adelante para rebasarla.

Después de las dos vueltas, salí corriendo del mar. Amigos me gritaban, la mayoría bromeando que tenían hambre y a que hora los iba yo a llevar a desayunar.

La Transición 1 era la más rápida que había hecho en mi vida.

Lavo los pies. Pongo mi Vaselina, zapatos, número, casco y lentes.

Estoy arriba de la bici en un dos por tres.

Mi bici reaccionaba a mis movimientos como si fuera un caballo de alta escuela y mientras tomaba la primera subida fuerte antes de Garrafón, escuche los quejidos de alguien atrás de mí, cambiando velocidades. Era una elite que se llama Nelly Becerra (la de mi primera crónica) y me rebasó con una tranquilidad increíble.

Volé sobre el asfalto. Y cuando pasé por Garrafón la segunda vez, eché la mirada hacia la Zona Hotelera y Punta Cancún y la única en que pude pensar era que el siguiente año, tendré que nadar los 10 km en mi primer Cruce a Isla Mujeres.

En T2, me fui más lenta: Enrackar la bici. Fuera los zapatos de contacto. Vaselina. Zapato uno. Zapato dos. Quitar casco. Poner gorra.

Fuga.

Mis piernas tardaron un poco para acostumbrarse al nuevo movimiento. Corrí hacia el malecón y vi a una amiga regresando de la carrera en la distancia promocional del mini triatlón.

“¡Ya casi llego!” me dijo con una sonrisa. Se veía fresca, boyante y con energía, independientemente del hecho de que unos escasos meses antes, fue operada de la matriz.

Se veía como que si se hubiera ido a la esquina para un kilo de tortillas.

Quiero ser como ella de grande.

Poco a poco, mujeres que había rebasado en la bici me empezaron a rebasar en la carrera. No me importa: hoy la nadada y la bici son mías.

El mar estaba hecho de mercurio, con charcos de plata deslizando sobre la superficie. Un olor a tortillas calentando sobre un comal me llegaba, mezclado con la brisa del mar.

Mientras tanto, mis pulsaciones llegaron a 170.

Ya dando la vuelta para los últimos 150 metros, veía la meta. Levantaba mis talones para cerrar. A los 50 metros, se empezaba a sonar mi nombre en los gritos de mis amigos.

Llegué.

La primera persona que encontré fue mi primer guru de la bici de montaña, Adrianini. Lo abracé y aún respirando fuerte, me asentó encima una bola de emociones que no me pude contener.

Lloré.

Me di cuenta después que lloraba porque sabía que valía aquel momento. Y fue cuando Fernando me dijo mi tiempo: 1 hr, 34 min, 18 seg.

Había quitado 15 minutos de mi mejor tiempo.

Supe.

Levantándome temprano entre semana para hacer mi desayuno y comida del día. Haciendo ligas después de las clases de natación. Corriendo cuando el cuerpo se quería caminar un rato. Queriendo vomitar durante los entrenamientos y aguantándome las ganas. Quitando pan de mi dieta. Comiendo más frutas y verduras. Bajando de peso para que no lastimar a las rodillas. Rechazando invitaciones a fiestas y reuniones para entrenar. Metiendo doble sesiones.

Cada quién es dueño de sus decisiones y no me había quedado tan claro como en aquel momento allá en Isla Mujeres, llorando de felicidad en los brazos de mis amigos.

Nos vemos en Punta Nizuc para el medio Ironman de Cancún.

Sunday, April 12, 2009

De No Terminar: Crónica Fumikense de la 2da “Por Siempre en Aguas Abiertas" Competencia de Natación de 5 Km del Club Albatros

Había una comediante que se llama Lotus Weinstock que decía, “Antes, quería cambiar al mundo. Ahora, quiero nada mas dejar el cuarto con un poco de dignidad.”

Esta nadada de 5 km era mi primera competencia en mar abierto. Toda la semana estuve metalizándome, tratando de prepararme para lo que venia. Eran momentos intensos, mezclado con pizcas de tranquilidad. Myrna, quien nada muy bien en la alberca, me comentaba sus miedos al mar y mencionaba como temía a los tiburones. Con estas dos palabras nada mas, un miedo previamente no existente se empezó a engendrar. Y como un granito de arena, se empezó a formar un callo dentro de mi cabeza. No ayudaba que en la junta previa, nos entregaron las playeras del evento, las cuales traían una foto de un tiburón toro, el más peligroso de la especie, en el mundo.

Una semana antes, fuimos a nadar la ruta y pudimos probar como iba a ser la competencia. El oleaje me meneaba, a veces cayéndose en cima de mi cuerpo con fuerza. Pero lo aguantaba. Lo que no aguantaba era el ardor de mi nariz. Lo salado del mar me la hizo arder y tanto que había decidido ir con el doctor quien me iba a remover el estomago para el primer triatlón, para que me quitara la nariz. La sensación era similar a cuando uno tiene una piedra en el zapato: insignificante en tamaño pero como fregaba.

Esto era suficiente razón para que pensara dos veces mi participación en la competencia. Mi entrenador de natación me recomendó embarrar las paredes de las fosas nasales con vaselina.

Un remedio. Esto cambia las cosas.

Ya el día de la competencia, llegué con las fosas bien untadas y me dieron mi número de competidora: 66.

Unos 600 más para ser la marca del diablo.

Pudiera ser que por esta razón me sentía tan tranquila. Me dio fuerza quizá. No lo se. Miraba al mar con un desafío silencioso. Puedo. Debo de poder.

Y luego el anuncio: por cuestiones de tiempo y seguridad, tenían que recortar la ruta y en lugar de una ruta en forma de un triangulo, íbamos a costear. En lugar de 5 km, íbamos a hacer 4. Adentro de mi cabeza, daba gracias que iba a ser más corto.

Arranque.

El silbatazo de las mujeres se sonó ya cuando los varones iban pasando la primera boya, la cual era una pelota naranja, el doble en tamaño de un balón de basquetbol.

En términos de la natación, esto es muy pequeño, como me di cuenta después.

Respiro de un lado, nada más. Mi lado derecho. Y aunque veía la costa en todo el tiempo que iba a la primera boya, me abrí muchísimo. Tanto que ya cuando llegué a la boya, marcando el primer kilómetro, iba hacia ella desde mar adentro y no costeando. El oleaje me meneaba y en toda la trayectoria, no podía ver aquella boya amarilla. Mi referencia fue la boya en la playa, colocada a la altura de la que estaba en el mar.

Nunca hubiera pensado que tan feliz iba a estar al ver aquella boya amarilla, que parecía un triangulo de queso, como en las caricaturas. Le di la vuelta e iba de regreso. No había manera de ver la boya pelotita desde la boya queso y me fui costeando, guiándome por la palapa de la playa, la cual estaba a la altura de la meta y la boya pelotita. El oleaje empezó a ser más fuerte y tanto que en varias ocasiones, casi me volteaba por completo cuando giraba la cabeza para respirar.

Empezando la segunda vuelta fue cuando empezaron los problemas. Anoté que la vaselina en mi nariz se estaba desvaneciendo porque en el km 2, empecé a sentir el ardor. Ya dando la vuelta a la boya pelotita, empezó a ser más fuerte la sensación. Para esto, el oleaje estaba más fuerte y a cada rato, cuando giraba la cabeza para respirar, me ganaba la ola.

Sentía como se arrastraban las piernas.

Sentía como mi brazo izquierdo no lo podía sacar tan fácilmente del agua.

Sentía como entraba la agua salada a mi boca y como me ardía hasta el oído.

Me repetía que mientras podía respirar, todo iba a estar bien. Todo iba a estar bien.

Pero como todo, llega un punto que te cansas.

Respirar de lado con la boca. Expulsar el aire con la nariz. Traga agua salada que pasa por la nariz. Respirar de lado con la boca. Expulsar el aire con la nariz. Ola que te cachetea y te obliga a tragar mas agua.

Nunca en mi vida había tenido que esforzarme tanto para respirar.

Y ya no quería respirar más.

Quería que ya se acabara. Quería llegar. Y no sabía si podía aguantar el cansancio que me estaba correteando. Es un rato nada más, me decía en mi mente, mientras se quemaban mis fosas nasales. Vas a estar incomoda un rato, nada mas.

Un salvavidas en un kayak me gritaba. Señalando con las manos, me indicaba hacia donde debo de ir. Cada vez que intentaba irme hacia donde me dirigía, me gritaba más. Me di cuenta que estaba abriendo y me fui de nuevo. Pensaba que me seguía en su kayak pero después de que ya no lo veía, me di cuenta que los cinco minutos que llevaba gritándome era porque yo no podía nadar de allí. Que nadaba y no avanzaba.

Mi fuerza se estaba disminuyendo.

Me daba coraje y sentía las lágrimas de enojo y frustración llenar mis goggles. Mis piernas ya no podían estar rectas. El oleaje me quebraba la forma. Peleaba contra las olas. Vamos. Tienes que aguantar.

Mas adelante, había otro kayak. El salvavidas me estaba señalando a salir. Había un señor en la playa, haciendo la misma sena. Para esto, ya me sentía como un invertebrado, mi cuerpo se estaba doblando por todos lados por el cansancio y el oleaje. Estaba tratando de impulsarme adelante con poco éxito. Mi lengua se sentía cruda, quemada por la acidez del sargazo.

Salí del agua y aunque estuve platicando de una forma ligera y animada con el señor de la playa, sentí una capa invisible cubrirme. No sabia que era pero me hundía en un silencio que no tenía nada que ver con el cansancio.

Estaba desilusionada conmigo misma.

El único final de este cuento que no había contemplado se estaba pasando y mientras llegué caminando, y no nadando, hacia las banderas de la meta, me colgaron una medalla que no sentía que merecía. No supe como explicármelo. Lo que si sabia era que este momento era mío. El coraje que sentía me pertenecía a mí y a nadie más.

Esperé hasta que llegué a casa para llorar.

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Citando a un director famoso, un compañero del trabajo me dijo que uno debe de hacer cine para sanarse.

Creo que escribir tiene la misma función.

Hoy, hice mi primera competencia de natación en mar abierto. Me reprochaba mi propia debilidad mientras caminaba de regreso a la meta, sin saber que eso es lo que hacía. Me doy cuenta, sin embargo, que no todo se puede en el primer intento. Y como Weinstock, yo también quiero salir del cuarto con un poco de mi dignidad intacta. Al confesarlo con estas palabras, siento que mi dignidad se recupera al saber que tarde o temprano, estaré en mar abierto, compitiendo, de nuevo.

Monday, March 16, 2009

Para LLegar: Cronica del Triatlon Regional de Cancun, 2009

Esto es triatlón #3.

He estado corriendo mas, metiendo mas trabajo de velocidad, saliendo a correr en las noches.

Compre una bici de ruta, una que rueda como cortar mantequilla blanda: suave, cambios francos y que responda a mis piernas. La compre una semana antes del triatlón, lo cual implicaba aventarme a la Viva México. Mi amigo rutero me dijo que tarda para acostumbrarse a rodar en ruta.

Yo tenía una semana para hacerlo.

Me convencí que no esta tan mal. Un amigo se inscribió al tri de Valle de Bravo pero estuvo entrenando en bici de montaña. El martes antes del tri, compro su bici de ruta. El miércoles, la saca para rodar 10 minutos. El jueves, ya estaba empacada. El sábado, hizo el triatlón.

Para decir poco, le fue mal en la parte de la bici y la sufrió mucho.

Estaba rezando que con unas horas demás de experiencia, no me iba a ir tan mal.

El día del triatlón: los organizadores nos citaron más tarde para darles chance a los jóvenes, para que no tuviéramos que esperar nuestro arranque. Chavos de los estados de Tabasco, Chiapas, Yucatán y Quintana Roo estaban todavía competiendo cuando llegue. Y mientras nos escondíamos del sol que caía como plomo, algunos empezaron a marcar sus piernas y brazos con sus números de competidores.

Los nervios me habían atacado durante la semana, cuando estaba pensando en la natación. Me convencí que era un entrenamiento, nada más. Para otros, sin embargo, no era tan fácil. El viernes antes de la competencia, Claudia me dijo que lo iba a hacer pero todavía le falta encontrar una bici. Es una excelente nadadora pero me puse a pensar en lo que implicaba esto. Mantener buena cadencia en el sol por 20 kilómetros en una bicicleta que no es tuya, después de nadar, para luego echar 5 kilómetros corriendo. No supe que decirle y más bien me mantuve callada. Fernando, en cambio, ya había hecho un triatlón, el del Pavo, pero no había entrenado mucho y estaba un poco nervioso. Maratonista y excelente nadador, supe que lo iba a hacer bien.

En frente del mar, el sol creaba diamantes de luz sobre el agua. Juntaron los varones primero para el arranque y mientras los veía alejarse, las mujeres empezaron a juntarse para arrancar. Respire hondo y supe que hoy, el mar es mío.

Silbatazo.

Todavía estoy corriendo por el agua cuando otras ya están boca abajo, nadando. Dejo que se alejan un poco para meterme también.

Por la primera vez en la parte de la natación, estuve nadando al lado de dos mujeres por más de 200 metros. Yo, que juraba que soy la más lenta del planeta, he encontrado dos más quienes son iguales de lentas. No las conocía pero se me hizo que era su primera vez en mar abierto.

En la primera boya, di vuelta y las perdí por completo. El crawl modificado se ha vuelto mi mejor amigo. A cada rato sacaba la cabeza para ver donde estoy. Lo turbio del agua me tranquilizaba y me ayudaba a concentrar.

Llego a la playa y Aline, la juez, grita, “34:20.” Lenta. Sigo hacia la transición. Volteo y veo que todavía había dos personas más en el agua.

Ahora para el momento de la verdad. Subo a la Nueva. A mi Cannondale. Tan bondadosa que es, rebaso a cinco personas. Y esto que traía un Camelbak sobre la espalda, por falta de la porta-ánfora. Hasta que echo una carrerita con un señor que venia adelante, tratando de cerrar como si fuéramos Armstrong e Indurain.

Dije “fuéramos.”

Luego el problema: en la transición, ya no encuentro mis cosas debajo del rack y voy caminando unos minutos, buscándolas. Las encuentro: alguien se había estacionado en mi lugar, encima de mis goggles y toalla. Hago cancha en el rack y me cambio. Para esto, el señor con que cerré mas una chica que rebase ya se fueron adelante.

Empiezo a correr.

Cinco minutos después, ya estoy pidiendo a los altos mandos del cielo que termine la carrera ya. Mi cuerpo se sentía pesado y supuse que el desgaste de haberme excedido en el tramo de la bici me afecto. Los talones no querían subirse más y supe que iba a ser agonizante el rato que seguía.

Y como la vez pasada, me empezaron a rebasar. Ya no me importaba. Ya quería que se terminara todo. Nada me dolía pero el cuerpo se sentía como un costal de piedras.

Pero seguí.

A un kilómetro de la meta, vi un grupo de chavos en bicis, los mismos quienes competieron en la mañana. Me pasaron, echándome porras que ya estoy cerca. Los vi con caras frescas, sonriéndose, llenas de esperanza, felices de haber terminado y competido. Y me impacto.

Quizá un día, uno de estos chavos se vuelva parte de la selección olímpica de México. Quizá se vuelva tan buen atleta que gana los Panamericanos. La Copa Mundial. Las Olimpiadas. Y tendrá toda la esperanza de una nación, queriendo ser como ellos. Como una tal Ana Guevara. O una Lorena Ochoa.

O tal vez se vuelva el científico que descubra la cura del cáncer. O que se haga escritor premiado con el Nobel.

Y me estaban echando porras.


Acaba de ver el futuro de una nación pasar en dos ruedas.


El impacto de esta realización me conmovió tanto que casi estallo en llantos pero veo la meta y me seco la cara.

No voy a poder respirar si cierro con la nariz tapada.

Esta vez, no hubo premiación. Esta vez, había mucha gente molesta por una inscripción más cara que no rindiera como la vez pasada. Había desorganización y palabras fuertes. Y mientras mis tiempos fueron grabados con tinta en lugar de un chip con modem, veía un pelicano volar sobre el mar y la luz del sol volviendo todo tonos de color rosa y rojo. Me acordaba de las caras de estas jóvenes promesas y decidí que independientemente de todo esto, hoy, no hay cosa más bella que un triatlón.

Wednesday, February 18, 2009

Callos: El Triatlon Estatal de Quintana Roo 2009

En una decisión relámpago, estaba contemplada para hacer el Triatlón Estatal de Quintana Roo con una escasa semana de anticipación. Esta vez, no se apoderó de mi las sensaciones de nauseas, mareo, sin ganas de comer. Esta vez, no me sentía embarazada, a punto de parir un triatlón. Esta vez, ni siquiera sentía la necesidad de pensar si algún doctor benévolo me podría hacer el favor de quitar mi sistema digestivo antes de la prueba.

Llegué a la todavía obra negra del Puerto Cancún temprano para instalar la bici en el rack. Yuri, quién se veía como se hubiera quedado la noche a dormir en el lugar, sombras de ojeras apenas notables debajo de sus ojos, estaba hablando con varios compañeros nadadores de la Cruz Roja, tratando de tranquilizarse. En su primer triatlón, Yuri se mantenía la calma de una forma monumental.

Poco a poco, empezaron a llegar: los experimentados, los quienes esperaban clasificar, los novatos.

En el marcaje, me pintó en los dos brazos con una mano elegante mis números: 28. Los cuales se convirtieron en una especie de tatuaje al no traer bloqueador. La tinta se desvaneció pero los números aún siguen hasta la fecha sobre mis brazos, causando algo de sorpresa cuando la gente los observa de una forma detenida.

El arranque se tardó y ya cuando teníamos los pies en la arena mojada, esperando con ansiedad la salida, me acuerdo de haber pensado al escuchar el silbatazo: "¿Y si no lo hago?" Todos se fueron salpicando y la inercia me jaló hacia el mar. Estaba turbia el agua y no se veía el fondo. Supe que estaba profundo al ver la pared de las rompeolas seguir hasta donde ya no pude ver.

Hoy traía el cabello amarrado en la gorra por sugerencia de mi instructor de natación. "Para ir mas rápido," me explicaba. Aún así, no me sentí muy Michael Phelps al ver que me quedaba atrás en la nadada. Al dar la vuelta a la primera rompeola, sentía mi gorra zafarse y deslizar para atrás sobre mi frente. Mis goggles la sostendrán, pensé.

“Crawl modificado a cada diez brazadas,” me dijo mi amigo salvavidas. Saca la cabeza a cada rato para ver donde estas, escuché en mi mente. Tuvimos que nadar una M sobre dos rompeolas. Al dar la vuelta a la rompeola, la boya estaba mucho mas lejos de lo que pensaba y me la perdía a cada rato.

A lo menos aquí no había temor de que me fuera a Cuba otra vez.

Al salir del agua, escuché la gente gritando mi nombre. Me caí sobre el sargasso, traicionada por la arena que se volvió un atole espeso. Me quité los goggles, dándome cuenta que se me había perdido la gorra.

Con cabello suelto goteando sobre mi cara, yo, cayéndome y, evidentemente, con la porra mas grande del evento, no era la forma más elegante de salir del agua. Parecía un San Bernardo mojado.

"¡Ahí vienen los últimos dos competidores!" gritó el del micrófono mientras me fui corriendo hacía mi bici. Sasquatch. No era la última esta vez.

Llegué a la Transición 1 ahora con un poco mas de practica. Un ánfora de agua para limpiar mis pies empanizados. Toalla para secarlos. Zapato uno. Zapato dos. Jersey con número de competidor. Casco. Lentes. Baja la bici.

Fue en estos momentos que agradecí mis inicios montañescos en la bici. Terreno que tiraba hacía la terracería en pequeños tramos se me hicieron tranquilos. Una chava que andaba en bici de ruta traía la cara igual de roja como su traje. El casco le quedaba a un ángulo para atrás, como si fuera una gorra de béisbol. Si el sufrir tuviera una imagen representativa, esta chava ganaría como portavoz, sin broncas.

Al terminar mi segunda vuelta, los punteros ya estaban regresando a los racks para llevar sus bicis a casa. Pude rebasar a dos personas (incluyendo a la Chava Sufrir) en el tramo de la bici pero las mismas me rebasaron en la carrera. Corría tranquilamente, sabiendo que no hay prisa, que no voy a romper a ningún record, que no tengo patrocinadores quienes me estén presionando. El único record que rompí fue mi propio: llegué en penúltimo lugar, uno mejor que la vez pasada.

Pero algo me picó la cresta:

Me rebasó la Chava Sufrir.

Hay una película maravillosa que en México le pusieron “Amo del Viento” (The World’s Fastest Indian) de Anthony Hopkins. Historia verídica sobre Burt Munro, un Neocelandés quien a sus 60 y picos años, se le hace su sueño realidad de correr su moto “streamline” de la categoría de sub-1000 cc en las pruebas de velocidad de los salt flats de Bonneville, Utah. Al principio de la película, muestra un estante lleno de pistones, piezas que el mismo fabricaba y que por una razón u otra, no servían. Testigos a sus miles de intentos de mejorarse.

Eran parte de su ofrenda al Dios de la Velocidad, en su búsqueda por la pieza que le hará más rápido.

Yo también busco el pistón que me hará más rápido.

Si hay un elemento que me llame como si fuera parte de mi, diría que es el viento.

Si habrá que nombrar a un animal que me encanta, diría que es un ave de presa, como un halcón.

Y así de fácil, encontré a mi tótem.

En mis andares solitarios que se les llaman “entrenamientos,” veo con frecuencia a un halcón, a lo lejos, dibujando círculos. En mi mente, se aterrizaría sobre un árbol que está en la cima de un cerro, que se ve como un punto. Y me espera. A veces se ve tan lejos y parece que ni siquiera me estoy acercando pero confío que como mis pies siguen moviendo, se esta reduciendo la distancia entre el halcón y yo.

Hazme veloz. Quiero ser veloz.

Si llego a aquel árbol donde está aquel halcón, sabré que la soy.

Un Salto de Fe: El Triatlon del Pavo YEK 2008

Creo que hay ciertos puntos que uno tiene que pasar por la vida para comprobar, no tanto la destreza de cada quien, ni quien tiene mas sino nada mas para ver, vivir y respirar.

Hice mi primero triatlón. Un logro para mí que conlleva una fuerte batalla contra mi enemigo más asiduo que he tenido en mi vida: el miedo. Y después de casi dos años de estar lastimándome por caídas de bici, torceduras de tobillo, dolores de las pantorrillas que pudo haber sido síndromes serios, entre alguna que otra cosa, llegué.

Y fue así.

Llegamos muy temprano, el viento soplando fuerte y el sol, asomándose entre nubes largas. Mis amigos y yo estábamos sentados en la arena, viendo lo bello que era ver el amanecer. El mar, como seda arrugada, tentaba entre susurros del viento y el sol se animó a salir un rato antes de meterse de nuevo. Y después de ver todas las diferentes categorías salir, finalmente nos toco a nosotros.

El silbatazo.

Todos corrieron al mar, salpicando uno al otro, delfineando, nadando, corriendo. Me metí y el mar me meneaba. Mi respiración se disparaba. El pánico me cacheteo, haciéndome parar de repente. Veía el horizonte y como el mar levantaba a los demás nadadores.

Me quede pasmada.

En este momento tan breve, pensé, “¿Y si le digo a mi entrenador que no lo voy a hacer?”

“¿Que pasa? ¿Estas bien?”

Volteé para ver un salvavidas, custodiando la salida. Su pregunta me borró todo de mi cassette y de nuevo metí mi cara al mar.

En la primera boya, me estaba apaniqueando y agarré el flotador de uno de los salvavidas. Un chavo ya estaba allí, con otro flotador.

"Me voy a vomitar," dijo.

Y eran los primeros 100 metros.

Y mientras el salvavidas jalaba al chavo de regreso, el otro de mi flotador me preguntó si me iba a seguir. Volteé la mirada hacia la otra boya y que tan lejos se veía. Pasó una ola suavemente como si el mar me estaba reclamando como suya.

Soy, y nada más.

Ya cuando estaba terminando mi primera vuelta, los últimos nadadores estaban terminando su segunda vuelta. Cuando entré al mar de nuevo para mi segunda vuelta, ya estaba sola. Tampoco ayudaba que nadé como 200 metros de más por haber querido nadar hasta Cuba. En cuatro ocasiones, los salvavidas tuvieron que jalar mi pierna para que regresara.

"Vas de regreso a Cancún," me dijo uno. En mis últimos 200 metros, un salvavidas me acorraleó para que no se abriera tanto. Y mientras nadaba y veía que tan adentro del mar me fui nadando y que tan lejos se veía la boya, pensé que si en caso que llegue a tierra, voy a besar al primero que me encuentro allí.

La única persona que estaba era un amigo a quién no tuve ningún intención (ni tendré) de besar. Se quedó a esperarme.

Besos mentales, entonces.

La bici era lo más fácil de todo salvo que en los primeros dos kilómetros, vi algo que no se me va a borrar: una chava (de quién me acuerdo claramente de haber visto antes del silbatazo) estaba tirada en medio de la carretera con un charco oscuro abajo de su cabeza. Dos bicis de ruta estaban apoyándose contra unos árboles y gente de la misma competencia estaban indicando a la gente que sigan la competencia.

No vi un casco en ningún lado.

Al pasar, sentí una sensación de escalofrío en la parte posterior de mi cabeza. En las subsecuentes vueltas, estaba repitiendo en mi cabeza que no se me muera. En mi segunda vuelta, el charco oscuro se atravesó mi camino y pasé encima.

Que no se me muera. Que no se me muera.

Para la tercera, ya estaba sentada con la cabeza vendada.

En la cuarta vuelta, éramos nada más un chavo que ya no le daba más y un hombre trepado sobre una Mongoose de año de la canica con doble suspensión y rack para sus libros de la escuela, lo cual traía un Gatorade.

Bajando de la bici, las plantas de mis pies se sentían como si tuvieran hoyos, por donde presionaban contra los pedales. Y mientras sentían como se formaban las ampollas sobre mis pies, mi cara se contorsionaba y se le quedó plasmada una sonrisa. Aún cuando supe que la única persona que estaba haciendo el triatlón era yo, que casi todos ya se han ido y que abrieron acceso al transito de nuevo, seguía.

Los últimos 20 metros y ya veía la meta. Karla, Héctor, Genaro, Odin, Vega y Rosana me gritaban. Los talones se empezaron a brincar y cerré pensando si iba a llorar.

Al cruzar la meta, di un salto como si estuviera en una comercial de tampones: ¡estoy libre!

Rosana me agarró y me abrazó fuerte (su especialidad). Y entre la respiración agitada de la llegada y el darme cuenta de que llegué, se apoderó de mí un sentimiento tan fuerte que se soltó con toda la fuerza e elegancia que nada más este gran momento me pudo haber brindado:

Sollozaba como nunca en mi vida lo había hecho.

Cuando llegué a Cancún, la primera vez que salí a nadar en mar abierto fue con Genaro. Me acuerdo del pavor que tenía, agarrando la hilera de boyas, Genaro casi arrastrándome a nadar lo que pude nadar, con una paciencia monumental. Y cuando lo vi en la meta con su sonrisa de hermano mayor, vi también como cerró el círculo.

En el camino, llevaba mis muertos conmigo: Donna, la mama de una de mis mejores amigas, murió de cáncer. Su hija y mi amiga, Gen, le dedicó su primer triatlón y fue por ella que empecé. Esperanza, una muy buena amiga y alguien que siempre iba con su novio a sus maratones, se me fue a principios de este año. Ninguna de las dos me había visto en una competencia.

Ahora si.

Y mientras veía el letrero de "META" y escuchaba que las únicas personas quienes estaban allá eran amigos míos, pensé la cosa que creo que a todos nos impulsa cuando competimos, independientemente del lugar en que quedamos:

"Cierre el changarro; ya llegué."